febrero 28, 2009

LA MARIPOSA (Andrea Mateo)


¡Puedo volar! Eso fue lo que grité desde la azotea, el día que me encerraron en este maldito manicomio.


Estaba a punto de desplegar mis alas, y saltar, cuando uno de mis vecinos me cogió por los hombros, me sujetó contra la pared evitando mis forcejeos mientras su mujer llamaba a la policía, y entre todos, me trajeron a este lugar donde nunca brilla el sol.


Cuando llegamos aquí me pusieron un camisón blanco, me metieron en una habitación grande y luminosa, me dijeron que sólo estaría allí hasta que me tranquilizara. Dos horas más tarde me sacaron y me llevaron a un pequeño despacho, donde me dijeron que me sentara y esperase al doctor. Esperé hasta que entró un hombre alto, ojos sabios color zafiro, ocultos detrás de unas enormes gafas. Tenía el pelo muy blanco y vestía una impecable bata blanca. Se sentó frente a mí y me dio la bienvenida. Me hizo muchas preguntas sobre mí y mi delicado estado de ánimo. Cuando terminó me cogió la mano, y me dijo que todo iría bien, que él quería ayudarme y ser mi amigo, y así fue. Aquel hombre de bata blanca y ojos azules y sabios fue la única persona con la que merecía la pena hablar, hasta hoy.


Hoy, cuando entré en su despacho, todo iba bien, como siempre. Me sonrió, me saludó y me pidió que me sentara enfrente de él. Sin embargo, aunque todo parecía normal, me hizo una pregunta que yo no me esperaba:

-¿Desde cuándo puedes volar?


Me pilló por sorpresa, la verdad, pero aquel hombre de mirada profunda y amable me inspiraba mucha confianza. Por eso se lo confesé:

-El día que me trajeron aquí, yo había salido a la azotea a tomar el aire, porque en casa sentía que me estaba ahogando. No podía parar de pensar en…- Entonces me callé.


Aquel tipo ya sabía que mi marido había muerto y que yo no tenía el valor suficiente para decirlo en voz alta, con lo cual, en señal de que entendía lo que le quería decir, asintió una vez con la cabeza. Yo me limpié una lágrima indiscreta y seguí hablando:

-Bueno, como decía, estaba en la azotea, intentando dejar de hiperventilar, vi una mariposa, una mariposa con alas blancas, brillaba tanto que parecía una estrella. ¡Qué suerte tienes!, le dije, si yo tuviera alas y pudiera volar como tú, subiría al cielo y estaría allí con él, para siempre. Entonces la mariposa se me acercó y me habló. Su voz no era real. No era un susurro, ni siquiera un pensamiento, era un sentimiento. Me dijo que yo también podía volar, que podía tener alas si lo deseaba, y que podría volverle a ver.

-¿Tú la creíste?- preguntó el doctor

-¡Claro que sí!- respondí irritada- ¡Tenía razón!

-Eso no puedes saberlo.

-¿Y usted sí?, ¿quién se ha creído que es?


Cada vez estaba más y más enfadada. Aquel hombre que había sido mi amigo, durante los últimos meses, me pareció el diablo en persona.


-Soy alguien que quiere ayudarte, quiero que entiendas que esa mariposa, que crees haber visto, no es más que una representación de tu desesperado deseo de volver a verle. Para eso me tienes a mí, voy a ayudarte a aceptar que él ya no está.

-¡Cállate!-bramé-


Ya no aguantaba aquello más. Me levanté del sillón y me encaminé hacia la puerta. Pero él me sujetó con suavidad por la muñeca y me dijo que me tranquilizara, a lo que yo respondí con un puñetazo que le destrozó las gafas. Entonces eché a correr.


Salí disparada a un pasillo en el que no solía haber enfermeras. Mi objetivo era llegar hasta el balcón, en el tercer piso, que daba al jardín.


-¡Allí está!-gritó otro de los médicos del lugar.


Al parecer, mi doctor traidor ya había dado la voz de alarma. Así, aligeré aún más el paso y subí las escaleras de tres en tres. Lo único que me separaba de mi destino era un estrecho pasillo. No me entretuve en coger carrerilla, ya que mis perseguidores me pisaban los talones, salvé la distancia que me separaba del balcón con grandes zancadas. Después cogí impulso, me apoyé con ambas manos en la barandilla y salté.


Dejé de escuchar los gritos de las enfermeras, los comentarios del resto de los pacientes, y me concentré únicamente en el viento, que silbaba en mis oídos y me golpeaba la cara cada vez con más fuerza obligándome a cerrar los ojos. El dolor que sentí cuando mi cuerpo se estampó contra el asfalto no fue nada en comparación con el desasosiego que sentí cuando noté que no sólo me había roto el cráneo, sino también el corazón.


Aquella mariposa me había mentido. Todos tenían razón, estaba loca.


Lo último que vi mientras deliraba fue una mariposa de alas blancas, volaba hacia una luz que estaba a punto de cegarme.


-Dile que le quiero- le supliqué a la mariposa en silencio. Después, la luz lo inundó todo.

EN CRISIS...

Crisis, crisis, crisis…a todas horas se escucha, se siente, se huele, se toca; comer se come poco, todo ha subido tanto que hay quien se abrocha ya el cinturón, literalmente, empiezan a caerse algunos pantalones.
Entre tanta angustia mediática, una pequeña luz: la tasa de divorcios disminuye. Es penoso que lo único que te une a esa persona, a la que alguna vez quisiste, o eso pensabas, es la/s hipoteca/s, el préstamo personal, las tarjetas de crédito, el/los coches; aunque sigues utilizando a los niños –seguimos por ellos, pobrecitos- ellos crecen escuchando discusiones, observando faltas de respeto.

Ya puestos a ver las ventajas de la recesión: disminuyen los divorcios, los gastos y el colesterol, ¿qué tal si los que están a punto de cambiar de estado civil utilizan la materia gris que tienen dentro de la cabecita y reconsideran la decisión? Tal vez así, sí que disminuyan los divorcios del 2014. Porque por mucha revolución industrial, y revueltas femeninas-feministas, hay quien sufre taquicardias cuando a un paso de los treinta no ha pasado por el altar (no es metafórico, me refiero al altar eclesiástico) y, ¡OH, cielos, qué horror!, se entera de que su ex (ése con el que estuvo más de un lustro, al que dejó, vete tú a saber por qué) se casará antes que ella.

¿Qué hace la susodicha? deja de trincarse a todo el que se le pone por delante y llora al único hombre-pañuelo que le hace caso, especializado en consolar a las que padecen algún síntoma del desamor, entonces decide casarse y casarle.

Por supuesto dirá a diestro y siniestro que ha encontrado a su alma gemela… (ilusa, si por no haber no hay ni almas mellizas) Lo pregonará a los cuatro vientos, a ver si con un poco de suerte se entera su ex (y de paso las ex del incauto) Le embaucará en una aventura para la que, además de dinero, se necesita mucha (mucha) madurez.

“Es amor verdadero” dirán y se dirán; el verdadero amor se consigue con el tiempo, después de compartir lo bueno y lo malo (sobre todo lo malo) y seguir ahí.Así que harán caso omiso de quienes les aconsejan prudencia y paciencia, se embarcarán en un Titanic con la bendición papal. Cuando a ella se le pasen los efluvios de la boda y él compruebe la mala hostia que tiene (sutilmente disfrazada de personalidad y carácter) será tarde, muy tarde. Además de la hipoteca, habrán llegado los biberones y las comidas en casa de la suegra, quien les recuerda las consagraciones apostólicas, hasta la muerte y más allá.

Que descanse en paz eso que confundís con el amor.

Nota de quien suscribe: Cualquier parecido con alguna realidad, no es mera coincidencia.

febrero 16, 2009

La duda



Mantiene el suspense hasta el final, tiene a un señor actor Seymour Hoffman que está inmenso y un desenlace cuando menos medianamente inquietante y reflexivo. Tal vez el problema lo tenga quien esto escribe por esperar más ... siempre nos quedará la duda.

El intercambio



Eastwood desgrana lo mejor de varios géneros -cine de psicópatas, cine carcelario, cine de juicios, thriller...- con una sutileza insuperable.
Esta nueva película consigue emocionar desde el primer fotograma al último, sobre todo por la fria distancia que toma el director para contar una abrumadora historia que, de no saber que sucedió en realidad, podría figurar en los anales de las mentes más calenturientas. El ritmo pausado engancha desde el principio del film y va envolviendo paulatinamente.
La película cuenta exactamente lo que Christine Collins tuvo que sufrir ante la pérdida de su hijo y ante la corrupta policía de Los Angeles. mejor papel de toda su carrera, y a un John Malkovich que siempre nos ofrece un recital en sus interpretaciones.
El conjunto general resulta elegante y refinado, y a la vez muy incómodo de ver, provocando verdadera asfixia y angustia en determinadas secuencias, tanto por la violencia física, como por la psicológica a la hora de ver la corrupción institucionalizada hasta grados demenciales.

El curioso caso de Benjamin Button



Sí, sin duda te conmueve. Evidentemente, te fascina. Incluso te deslumbra por su barroca concepción visual y su impecable técnica, que genera unos ambientes mágicos realmente deslumbrantes. Lo extraordinario de ambos personajes va a marcar el desarrollo de la historia, ya que en el caso de Button parece que el tiempo corre al contrario de los demás mortales, rejuveneciendo cada vez que cumple años. La metáfora de unir a una pareja en el ecuador de sus dos trayectorias vitales (una hacia adelante y la otra, paradójicamente, hacia atrás) está muy bien trasladada a esta película que narra una de las historias de amor más insólitas de la historia del cine, con gran delicadeza y ternura.

febrero 05, 2009

Revolutionary Road



Es muy incómodo ver cómo los adultos pierden la ilusión, los sueños e incluso el amor: toda la pasión que consume la juventud, los planes para hacerlo mejor que nuestros padres, creerse con la habilidad -y la sabiduría- de no caer en los errores de los demás... es un espectáculo realmente aterrador cuando comprobamos que quizás nosotros mismos estamos ya "institucionalizados".

Alguien dijo una vez que empezamos a envejecer cuando dejamos de perseguir nuestros sueños, y precisamente esta es la piedra de toque de la relación sobre la que se basa toda la cinta: un matrimonio supuestamente perfecto (son guapos, listos, creativos, artísticos...) consiguen tener la vida que muchos desearan, con una impresionante casa en un barrio selecto, dos hijos preciosos, y la seguridad de un trabajo moderadamente rentable.

Todo va bien, pero entonces... ¿qué es lo que no funciona? La relación entre el esforzado (y aburrido) marido y la no menos esforzada (y también aburrida) esposa ha llegado a un punto muerto pero ella le propone quizás la única oportunidad de salvar su ilusión (y su amor): perseguir el sueño que siempre quisieron, marcharse a vivir a París...

Lo más importante, es la evolución de un mensaje que está presente en toda la filmografía de este director (Sam Mendes), y que permanece incólume en su reflexión dramática: todo el tinglado que hemos montado para ser felices es totalmente falso, y las fórmulas sociales que engloban el éxito, la madurez, el crecimiento, la familia... están completamente equivocadas. Quizás no haga falta ser tan radical y existan bastantes puntualizaciones pero en muchos casos no le falta razón.

Siete almas





Film tremendamente aburrido, sentimentaloide, baboso, demasiado crudo, poco hecho y tremendamente tramposo, que intenta jugar con los sentimientos del espectador muy burdamente y que, en definitiva, resulta un completo empacho de emociones forzadas, supuestamente enternecedoras, pero que a base de repetir acumulativamente cimas dramáticas, terminan por inmunizar y cansar.



Posdata: Te Quiero


Es agradable poder caminar junto a alguien sin hablar cuando ya le conoces.

Las películas emocionan a cada persona de manera diferente, dependiendo de sus vidas, de sus aspiraciones, de sus sueños, de aquello que realmente les importa, y no hay que ver esas emociones en las películas -quizá si- si no conocer el alma portadora de esa emoción.
Posdata: te quiero, no es una mala película, no es el pastelón de siempre, con los personajes de siempre y las necedades de siempre; tampoco es una película de autor, profunda y serena de planos interminables... Simplemente es una película más que se contenta con provocar emoción aunque sólo sea en una persona. A mí me la ha provocado.
Cuando encuentras a esa persona sin la que no podrías vivir jamás, cuando el único mundo que existe es el que entre los dos se ha creado, envolviéndonos en su burbuja, cuando a pesar de los años sigues queriendo ver su cara al despertar como primer y divino pensamiento; enfrentarte a una vida sin él resulta cruel.
La crueldad de una posible soledad sin él. El seguir día a día, el no querer dejarle marchar.
"Tú has llenado mi vida, yo sólo he sido un capítulo de la tuya"... le dice el protagonista a su siempre amada mujer...

febrero 01, 2009

FE...


Y entonces sentí un gran deseo de comunicar la paz o la felicidad, esa peligrosa palabra que no debe pronunciarse y que de pronto había llegado a mí. Pero sólo se me ocurrió apretarle la mano. Lo hice una sola vez, y casi al instante él me devolvió el apretón: y lo hizo dos veces. Los dos mirábamos hacia el cielo casi blanco, y con otro apretón de manos volví a decirle que le quería. Me respondió de la misma forma. Creo que nunca, ni antes ni después, he mantenido con nadie una conversación más íntima, más explícita. Ni tan bella. Aquel parque solitario, aquel hombre y aquella niña solitarios, aquel vagar sin rumbo y aquel silencio. Un parque sin gentes, cubierto de nieve, un estanque de cristal, y la ausencia de palabras, y de ruidos -si hubiera caído la última hoja del último árbol de invierno, la habríamos oído- para no romper la conversación muda que habíamos inventado entre los dos, mano a mano.
Paraíso inhabitado (Ana María Matute)