agosto 30, 2007

ANUL Y LOS NUS

Esta es la historia del pueblo Nus. Tan lejano en el tiempo que ni todas las horas juntas, de todos los relojes (a cuerda o a pilas, de pulsera, de carillón, de bolsillo o cucú) del mundo, podrían medir cuándo comenzó su ausencia.

El clan de los Nus estaba compuesto por una anciana y cinco familias, ni una más, ni una menos. ¿Sólo envejecía una mujer? te preguntarás, en la historia de este pueblo de cuento, así es.

Era una tribu rica, la de los Nus, poseían el aire que llenaba sus pulmones y ésta era una propiedad limitada ya que en cuanto el oxígeno expandía el pecho de los Nus, ellos lo devolvían al exterior emitiendo un murmullo melódico que armonizaba la lenta marcha diaria; porque, desde el principio del principio, las cinco familias, junto con la anciana, caminaban paso a paso, tras el sol. De ahí que su equipaje fuera ligero, por no decir inexistente, en ello consistía su riqueza.

La anciana, cuyo nombre personal es Anul, sin más vueltas, llevaba cinco piedras de colores que tiraba al cielo cada amanecer. Más o menos así: abría los ojos con el primer rayo de sol, sigilosamente la mano izquierda buceaba en el bolsillo secreto de la túnica que cubría el cuerpo de Anul. Una a una, iba cogiendo las piedrecitas entre sus dedos. Cuando los cinco guijarros se disputaban el lugar predilecto de cualquier pedrusco, esto es, lo más cerca posible entre el dedo pulgar y cualquier otro, Anul se inclinaba respetuosamente haciendo cuatro reverencias a los puntos cardinales: norte, sur, este y oeste. Era su manera de augurar un grato camino para ese día; después lanzaba con gran precisión los cantos irisados a los hombres de cada una de las cinco familias. En la parábola que recorrían las piedras, desde la mano de Anul al cabeza de familia correspondiente, surgían tres gráficas.

Mas, Aes, Gis, Ios y Aus no cesaban de preguntarse cómo era posible que lanzamientos tan contundentes pudieran despertarlos con tanta ligereza. Como venía siendo habitual, ninguno de los Nus comprendía nada de todas aquellas formas geométricas flotantes; así que, mientras Anul descifraba la ruta a seguir, los hombres despertaban con besos a Luss, Eoss, Guiss, Ness y As, quienes enseguida hacían cosquillas a los niños.

Escuchaban atentamente las explicaciones de Anul, mientras recogían raíces y frutas para alimentarse, antes de emprender el camino. Su único objetivo era seguir al sol en su recorrido celeste.

Todos los días, de todas las semanas, de todos los meses, de todos los años, desde que apareció el primero de los Nus, habían pasado la vida caminando para no perder la luz, porque cuando esto sucedía, los hombres, las mujeres y los niños comenzaban a experimentar el peor de los temores: miedo a perderse en la oscuridad.

La anciana Anul descifró dos mensajes en la parábola del aire: el primero cómo hacer para terminar con la pesadilla de su pueblo; el segundo, después de seguir al sol durante décadas, aquel ocaso sería el último en el que Anul entonara cánticos acompañándose del viento.

Luss, Eoss, Guiss, Ness y Ass se sentaron para contemplar el naranja del atardecer, los niños se acurrucaron entre ellas y Mas, Aes, Gis, Ios y Aus fueron abrazados por el sueño sin darse cuenta.

Cuando dormían profundamente, Anul trenzó los deseos que todos los Nus, desde el inicio de los tiempos, habían recolectado. Ella tenía una idea: tarde o temprano, podría alcanzar la más hermosa de todas las estelas que adornan la bóveda nocturna, la que sale cuando todavía luce el sol.

Aquella noche terminaría la escala que la tatarabuela de la tatarabuela de su tatarabuela había comenzado. Anul llevaba toda su vida preparándose para ese momento; excavó un hoyo en el suelo para fijar la cuerda y, poco a poco, comenzó a subir por ella. Cuando llegó al punto final de la escala, todas las lucecitas blancas, que veía desde abajo, comenzaron a temblar: “tenemos frío”, le decían. Anul fue colocando las estrellas en su regazo, como las madres abrigan a sus hijos, llegó un momento en el que tuvo que soltar el cordel para poder coger la que más brillaba, en ese instante la soga cayó en la tierra, causando tal estruendo que todos los Nus se despertaron dando gritos de terror...¡No estaba el sol! La oscuridad lo invadía todo. Anul escuchó los lamentos de su pueblo y recordó las cinco piedras guardadas en su bolsillo secreto, los cuatro puntos cardinales, los tres gráficos geométricos del aire, los dos mensajes en la parábola...

Mientras paseaba por el cielo, abrazada a los astros, lanzó las piedras. Mas, Aes, Gis, Ios y Aus miraron hacia arriba; Luss, Eoss, Guiss, Ness, Ass y los niños vieron una gran bola blanca y brillante....Anul daba vueltas sobre ellos.

Desde entonces, los Nus dejaron de seguir al sol, se quedaron en aquel lugar y las cinco familias pronto fueron diez, después cien, llegó un momento en el que tuvieron que encontrar nuevos lugares para establecerse, hacia el norte, el sur, el este y el oeste. Todos ellos, no importa en qué lugar estén, saben que Anul, dando vueltas, les alumbra cada noche, unas veces más, otras menos, depende del número de luceros que tenga que abrazar.




agosto 28, 2007

AÑO NUEVO, LUNA LLENA, VIDA NUEVA

Hoy es año nuevo, porque sí, porque me apetece, porque hay una luna llena preciosa en medio del cielo de esta noche cálida, porque la frase más peligrosa que una puede decirse a sí misma: "no tengo nada que perder", de repente se transforma en: "cuánto he ganado", y no es una frase interrogativa, ni exclamativa, simplemente "anunciativa".

El peso y el espacio que ocupaban miedo y pena ha quedado vacío, libre, lleno de oxígeno, de bosque en el que ya no me pierdo, es mi casa, de luz de estrella recogido en trescientos cincuenta kilómetros de camino.

Toda la felicidad de mi infancia transcurrió entre senderos surcados de castaños, lo recordé entre pasos sobre piedra, tierra, hierba, cemento y arena; entonces no lo sabía, ahora la recogí. De la memoria hay que hacer uso para olvidar lo que está de más, es la mejor fórmula para no echar de menos.

Lo dicho, feliz año nuevo.